sábado, 2 de mayo de 2009


Crónicas Intemporales: Los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego.





Era un pasajero más, uno de esos de miles que diariamente abordan las entrañas del Distrito Federal. Era ya tarde, así que baje en la estación y me dispuse a transbordar para llegar a mi casa, a paso veloz me encamine al pasillo que interconecta ambas líneas.

Empleados saliendo de la oficina, obreros que entran al tercer turno, parejitas de enamorados, el vendedor ambulante… no cabe duda que el metro es un lugar común para los chilangos.

Un poco más adelante, la monotonía de ese recorrido se rompió al escuchar unos tacones. Cuando escuchas la cadencia de unos tacones, es como si te llamaran por medio de un código secreto, sabes que ahí va alguien que comparte algo contigo.

En el carril de contraflujo humano, la gente pasaba sin notar su presencia, quizás la prisa y el vértigo de la ciudad la mimetizaba. Por fin le di alcance y para mi sorpresa en su mano derecha llevaba un bastón que guiaba su camino. Ella iba bien arreglada, con un vestido largo, su cabello a los hombros y un maquillaje muy natural.

No lo dude y me acerque a ella:
- Hola, ¿te puedo ayudar?, ¿Para donde vas?
- Aquí a trasbordar en la próxima estación.
- Te acompaño –le dije y extendí mi brazo-
- Ella se sujeto y caminamos.

La realidad, no se me ocurrió como hacerle la plática. En mi mente pasaban imágenes de cuan difícil es para alguien como ella transitar en esta ciudad de ciegos, y cuando digo ciegos, me refiero a la indiferencia por los demás. Por que los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego que discrimina y estigmatiza sin conocer.

Tras ese breve trayecto en silencio, llegamos a la estación y le pregunte hacia que dirección se dirigía.
- Dirección Garibaldi –me dijo-
Yo iba para Constitución… pensé acompañarla, pero ella me dijo:
- Aquí déjame, muchas gracias.
- ¿Segura?
- Si, no te preocupes. He aprendido a valerme por mi sola, sin embargo te agradezco tu compañía.
Extendimos nuestras manos para despedirnos y ahí ella noto mis uñas largas. Con una sonrisa cómplice se despidió y abordo el metro. Yo me quede ahí, absorto de mis pensamientos…

Nunca más la volví a encontrar.

Rocio Suárez.

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